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Cuento: Mantecada
Fue un sábado cuando se llevaron a mi abuelo al hospital.
Yo estaba en mi cuarto. Intentaba anudar las agujetas de mis tenis cuando de pronto escuché gritar a mi abuela. Aventé la silla y llegué a tropezones a la puerta.
Mi papá, sentado en el suelo, agarraba a mi abuelo. Se había caído y no podía mover las piernas. Con las dos manos me tapé la boca para que mi grito no saliera. De todas formas, mi abuelo lo oyó.
—¡Corazón, no te asustes! Me senté a descansar un ratito —guiñó el ojo igualito como cuando hacemos una travesura. Extendió los brazos y me invitó a sentarme con él.
—¿Qué te duele, Mantecada? —le apreté su manota con las mías.
Iba a contestarme, pero en eso entraron los paramédicos. Nadie me dijo que me quitara, pero lo hice. Rapidito, me puse bien pegadita a la pared. Apenas pudo pasar la camilla.
Ni mi abuela ni mi papá se dieron cuenta de que estaba tiesa, casi sin respirar. Sólo mi Mantecada me miró. Era como si con los ojos dijera nuestra frase secreta. La que decía cuando, a escondidas de mi abuela, me daba su cena: «Tú no has visto nada». Eso significaba que todo iba a estar bien.
El domingo lo pasé muy mal. Era el primero, en mis diez años, que al despertarme no iba a la cama de mi abuelo. Me gustaba acurrucarme sobre su barriga acolchonada, bien esponjosa y súper suave, idéntica a mi postre favorito: la mantecada de vainilla.
Al otro día fui a la escuela. Casi no pude concentrarme, y eso que matemáticas es mi materia favorita; a cada rato pensaba en mi abuelo.
No entendía por qué tardaba tanto en regresar a la casa. Ni por qué no podía visitarlo. Mi abuela le echó la culpa a una cosa bien rara: a las políticas del hospital. Pensé: «Son reglas. Los adultos siempre se inventan millones de reglas».
Decidí escribirle una carta a mi Mantecada. Le platiqué lo que había pasado en la escuela y los regaños de mi abuela. También le conté que me comía su cena por las noches y que me hacía mucha falta dormir en su panza.
Esperé con mucha emoción la respuesta. Las manos me sudaban cuando mi abuela la trajo. Con letras que parecían temblar, mi abuelo me había escrito: «Corazón, no he podido ir a la casa porque aún no han curado mis piernas. Todavía no puedo caminar. Mientras regreso, sigue comiéndote mi cena».
Me dio un montón de tristeza saber que mi abuelo no podía caminar. Sentí tremendo dolor aquí, en el pecho, cerca de donde hace pum pum. Mi papá decía que los doctores hacían todo lo que sabían para componerlo. Comprendí que estaba mejor en el hospital.
Pasaron semanas, hasta que se juntó un mes. La cara de mi papá y la de mi abuela cambiaron. El cansancio les sacó arrugas en la frente y alrededor de la boca.
Un domingo, después de muchos, mi abuelo se quedó dormido: poco a poco dejó de respirar.
Cuando me lo dijeron lloré muchísimo, pero luego me tranquilicé porque estoy segura de que él se fue a un lugar al que van todos los abuelos cuando cierran los ojos para siempre. De seguro, ahí puede caminar, y si se siente cansado pone la cabeza encima de una nube bien esponjosa, igual a una mantecada de vainilla.
Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.