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Tengan. Lean esto ;) Foto: envato.

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Cuestión de gusto

Por: María del Mar Téllez Romero

Pancho se mueve entre Tepito y Polanco sin tropiezo ni dificultad. Con la cabeza siempre
elevada y la espalda recta ha rodado por Eje Central y Reforma. Además de valiente, es
atrevido. La fama se la ha ganado. No tiene miedo y, como dice el refrán: “el que por su
gusto muere…”, es su gusto buscar la muerte en cada munición. En simbiosis con su harley
davidson, entra altanero en Campos Elíseos. Escucha los vítores: “El Centauro del Norte
llegó”. Siente en la piel el calosfrío de la victoria. Otea cual bestia. Allá, detrás de los
árboles, lo acechan. Pancho no se acobarda. Dirige su motocicleta justo frente a los
tiradores. Busca la mirada del jefe. Lo enfrenta con un gesto autoritario. Escucha el
chasquido de las armas, suspira y sus pulmones se llenan de aire de libertad. Recibe con
una sonrisa las trece balas de la suerte que le perforan el pecho, rostro, cabeza y mano.
Antes de expirar, saborea la dulzura de la muerte. Y se cumple el refrán: “… hasta la
muerte le sabe”.

Cuestión de honor

Vicente no puede recordar lo ocurrido el día anterior. Solo le ronda el recuerdo del ramo de
girasoles esparcidos por el cuarto. Le duele la cabeza. La tiene envuelta con paños que le
aprietan. Siente una punzada en la oreja derecha. Levanta la mano con dificultad para
aliviarse el dolor, pero el lugar que ocupaba ahora está vacío. La vista se le empaña; dos
gotas gruesas se le escapan de los ojos y le mojan la barba roja.
Pablo, guarecido entre las sombras, recargado en el quicio de la puerta, lo observa.
No se atreve a mirar a su amigo a la cara. ¿Cómo podía haber imaginado que una noche tan
estrella y azul acabaría teñida de rojo? Sí… él sugirió el reto, pero fue Vicente quien se lo
tomó en serio y se cercenó la oreja.

Poco a poco, la memoria del herido se esclarece. Honró su palabra y sumo a su
historia otro reto viral.



Cuestión de rizos

El día en que Medusa decidió cambiar de estilista, Fabián sintió que su carrera profesional
se venía abajo. Ella era la persona que le daba prestigio a su salón de belleza. La gente
hablaba de lo bien contralados que estaban los rizos de Medusa, la definición, la ausencia
de frizz… Tan perfectos que ni el viento más fuerte era capaz de alborotarlos. Hasta podían
mirarla sin que ella se enfadara. Pero aquel día Fabián se descuidó y fue el acabose. En
lugar de alizar un mechón, quemó la oreja izquierda de la diva. La furia de la mujer fue
descomunal. Los rizos se le enroscaron y abrieron sus ojillos enrojecidos. El pelo ahora era
un voluminosos siseo. Ella gritó ferozmente, se sacudió la melena y, antes de salir, lo
amenazó con el desprestigio total. Fabián supo que eso lo convertía en una estatua de piedra
en el mundo de la belleza.

Cuestión de renacer

En el momento en el que la marea sube y la luna emite su destello más resplandeciente, él
mira hacia el cielo. Amadís de Gaula lo derrotó hace siglos, pero ahora está listo de nuevo:
despliega las alas, las agita y se eleva. La luz del astro enmarca su cuerpo, delinea la fuerza
de sus extremidades y los cuernos en su cabeza. Se mantiene suspendido en el aire. Enrosca
su cola. La deja caer con un fuerte latigazo que eriza el pelo de cualquier ser vivo. Extiende
los brazos. Cierra los puños. Gira la cabeza hacia arriba. Ruge al infinito. Apaga cualquier
sonido de la noche. El cosmos obedece la orden. Los relámpagos dan paso a los truenos. La
bóveda celeste se ilumina. El tiempo se ha cumplido. La humanidad ha alcanzado su
máximo grado de corrupción. El Endriago ha renacido. Un hueco se abre, y por ahí
emprende, de nuevo, su envestida hacia la raza maldita.

Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.