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Cuento: Equinoccio de primavera
Un primer golpe los alerta: él los ha encontrado.
—¡Agárrate fuerte! —le grita Raúl a Óscar.
La Morena, su pequeña embarcación, no va a resistir. Sin tregua, él arremete hasta partir la trajinera por la mitad. Las cajas transparentes caen al agua y quedan a merced del vaivén.
Era la madrugada previa al equinoccio de primavera. Óscar y Raúl tenían todo listo para la expedición: llevarían a sus ajolotes en busca de su madre. Sabían que quizá esa sería la única oportunidad que tendrían para conseguir lo necesario y continuar con el plan de mantenerlos con vida. Esperaron durante todo un año, y aunque la paciencia no era su virtud, lograron mantener la calma.
Desde hacía tres años, con el primer ajolote que atraparon, Raúl había sido responsable de cuidarlos. Les había dado cobijo en su modesta casa. Decidió modificar su vida para brindarle al pequeño primo de las salamandras el hábitat ideal. De sus dos cuartos destinó el más grande para el ambiente favorable. El objetivo era poder recrear las condiciones suficientes para que esos seres en peligro de extinción pudieran tener un refugio.
Óscar, por su parte, se encargaba de conseguir el dinero, empresa que en los últimos años le resultó cada vez más difícil. La multitud de asociaciones creadas para rescatar al ajolote hizo que la gente desconfiara en si los recursos solicitados se destinaban realmente a ese fin. A pesar de la elocuencia de Óscar y de su capacidad de convencimiento, tanto él como Raúl tuvieron que dedicarle más tiempo del previsto al marketing de su asociación y descuidaron sus estudios en la universidad. Además, su pequeña colonia, con trece ejemplares rescatados, demandaba un estanque más grande y en consecuencia mantenimiento y limpieza. De no ser por su gran descubrimiento, de seguro habrían claudicado.
Raúl, por ser quien los cuidaba, fue el primero en darse cuenta: sus tesoros emitían desde su interior pequeños destellos fluorescentes. Sus conocimientos de sexto semestre de veterinaria no eran suficientes para saber qué sucedía. Se vio obligado a investigar ese fenómeno durante horas. Creyó que podría tratarse de la alimentación, de la calidad del agua, o hasta de la cantidad de luz solar. En su afán de conocer la respuesta encontró en la biblioteca de la universidad un libro sin autor que hablaba sobre los mitos y leyendas en los canales de Xochimilco. En el ejemplar polvoso se enteró de la existencia de un ajolote de dimensiones colosales que solía habitar a más de diez metros de profundidad, que en su interior resguardaba multitud de piedras preciosas que le daban fluorescencia. También se enteró de que en el equinoccio de primavera las expulsaba en grandes cantidades. Con ese conocimiento observó a los ajolotes y lo comprobó: ellos también, en la fecha indicada en el libro, echaban diminutas partículas de lo que, después de observarlas al microscopio, lo confirmó: se trataba de diamantes. Ante tal descubrimiento, Óscar vio la solución a sus problemas financieros. Le propuso a Raúl ir en busca de ese ser y recoger sólo las piedras necesarias para poder brindarles a los ajolotes mejores condiciones. Incluso hasta podrían construirles un santuario.
Sus averiguaciones los llevaron a encontrar un par de canales muy alejados de la zona habitacional con hasta quince metros de profundidad. En el libro, también se enteraron de que las crías pequeñas atraían al gran ajolote. Entonces decidieron hacer una inversión más y fabricaron trece peceras individuales de acrílico con orificios en la tapa para poder transportar a los ajolotes, y el día previsto rentaron una pequeña trajinera: La Morena.
Los amigos decidieron llevar a todos los ajolotes para asegurar con su presencia la atención del gran ajolote. Cargaron la vieja pick up del tío de Raúl. Con cuidado acomodaron los cubos transparentes. Dentro, los ajolotes comenzaron a destellar. Óscar los observaba con esa mirada que a Raúl no le gustaba. A veces pensaba que no los quería lo suficiente.
Ya en el borde del canal tuvieron que hacer infinidad de malabares para no caer en el agua. Esa parte carecía de embarcadero y cada maniobra para subir las peceras hacía que la Morena se tambaleara. Fueron muchos viajes los que hicieron, pero resultaba más práctico cargar pequeños contenedores a uno muy grande. Óscar era quien recibía a los ajolotes y con descuido aventó al último. Al contacto con el piso de la trajinera el recipiente se agrietó y el agua salió en un pequeño hilo. Raúl le hizo un gran reproche con la mirada. Sabía que si no se mantenía la cantidad de agua suficiente el ajolote no estaría cómodo. La respuesta de Óscar no se hizo esperar:
—¡Me tiene hasta la madre cómo tratas a estos renacuajos! ¡No son tus hijos! ¡Nunca has entendido la mina de oro que tenemos! Si hay que abrirles la panza para sacarles los diamantes, pues se las abrimos.
—¿Mina de oro? ¿Qué te pasa, Óscar? Ese no es el objetivo de tenerlos. ¿En qué momento se te olvidó que lo importante es preservar la especie?
—En el momento en que no tenemos ni para tragar. De verdad te creíste el cuento de protegerlos. Nunca viste el negocio. Debí suponerlo: eres un pobre sentimental. Mira lo que hago con tus tesoros.
De la pecera rota, Óscar sacó al ajolote. Lo apretó tanto que el animal comenzó a boquear. Raúl se arrojó sobre de él, pero no pudo impedir que lo matara. Ante tal crueldad se dio cuenta de que su deber era salvar a los otros doce y que era mejor dejarlos en libertad a que murieran víctimas de la codicia. Sin darle la espalda a Óscar levantó la tapa de los contenedores. El movimiento que tenían a bordo los distrajo y no se percataron que la trajinera ya estaba muy lejos de la orilla.
Un primer golpe los alerta: él los encontró.
—¡Agárrate fuerte! —le grita Raúl a Óscar.
La Morena, su pequeña embarcación, no va a resistir. Sin tregua, el ajolote gigante arremete hasta partir la trajinera por la mitad. Las cajas transparentes caen al agua y quedan a merced del vaivén.
Óscar nada hasta Raúl e intenta ahogarlo. Sabe que no va a permitir que lucre con los animales. Tiene furia en la mirada. El odio se apodera de él. Piensa que está dispuesto a matar a su amigo con tal de no perder las piedras preciosas. Raúl no intenta defenderse. Óscar se olvidó de que en las profundidades de los canales crece una plaga de lirios acuáticos, y de las leyendas que hablan sobre la desaparición de muchos hombres que, una vez caídos en el agua, nunca más salieron. Su corazón le dice que es preferible morir antes de permitir que la avaricia de Óscar acabe con la existencia de esos seres maravillosos: los ajolotes fluorescentes.
Ambos se quedan quietos cuando sienten cómo las raíces de los lirios se les enredan alrededor de los tobillos, y antes de que puedan decir algo, son jalados hacia el fondo para desaparecer en minutos.
Los ajolotes salen y se encuentran con su madre, el ajolote gigante. Los trece, justo en el momento del equinoccio de primavera, expulsan miles de piedras preciosas que, como hace cientos de años, se depositan en fondo del canal entre las raíces de los lirios.
Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.