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Cuento: Propósito cumplido
“Siempre cumple tus promesas”. Esas fueron las palabras que Doroteo le dijo a Joaquina cuando ella dejó el pueblo para ir a vivir a la ciudad. A Joaquina el recuerdo le machaca la memoria, sobre todo en estas fechas. La alegría impostada de la gente por cerrar un ciclo y comenzar un nuevo año, así como sus aparentes buenos deseos, le hacen sentir un regusto ácido al paladear las palabras: “Siempre cumple tus promesas”. Aunque se ha esforzado, tampoco logra congeniar con la incongruencia en la vida de las personas. Le parece absurdo que se crean el cuento de los nuevos propósitos. Los ha escuchado volver a comprometerse con las cosas más banales de siempre, como bajar de peso o hacer ejercicio, hasta con las que requieren un cambio más profundo: no volver a engañar al esposo, dejar de mentirle a los padres, o no desear la muerte de alguien.
Joaquina sabe que el sacrificio va más allá del esfuerzo físico que representa ir a un gimnasio o correr unas cuantas cuadras. ¿Cómo pueden pensar que es así de simple? No sólo se trata de privarse de postres y golosinas, de no ver por un tiempo al amante en turno, ni de rezar una plegaria aprendida cuando el instinto asesino aparece. Ojalá todo fuera tan simple. Ella no está dispuesta a seguir colaborando con la farsa. Además, el tiempo ha llegado y no piensa incumplir su promesa.
Como en los últimos años, ha convidado a sus amistades más queridas para que asistan a su casa a partir la rosca de reyes. Esta vez, la invitación virtual es un video que hace un recorrido, con fotografías retocadas, de los mejores momentos del grupo de amigos: el cumpleaños en Baja California de Franco, la pedida de matrimonio de Anel en Cancún, la boda de Pía y Roco en Playa del Carmen.
Está muy entusiasmada con la sorpresa que les dará cuando se enteren de que ella preparó la rosca de reyes. Ninguno sospecha de sus cualidades como repostera. Se esmeró mucho en conseguir los ingredientes adecuados. Lo más difícil de obtener fue la levadura especial para esponjar la masa, pero si se conoce al enterrador adecuado, siempre es posible adquirir polvo de hueso humano de los peores individuos del camposanto. La receta de Doroteo es muy precisa, y cualquier alteración puede traer consecuencias fatales. No se trata de celebrar un funeral.
Tal como lo supuso, sus amigos se alegran de poder degustar el tradicional pan. Escrupulosos de las buenas formas, parten su porción precisa y buscan al niño. La expectativa aumenta al darse cuenta de que ninguno ha tenido la fortuna de hacerse de uno. Ella aprovecha el desconcierto para relatarles cómo Doroteo, su hermano mayor, le enseñó las dos cosas más importantes para su vida: cumplir las promesas y la elaboración de la rosca de reyes; ambos sucesos van íntimamente ligados.
El asombro aparece primero en la cara de Franco. Es demasiado tarde para escupir el bocado. Respira agitado y comienza a transpirar. Mira a Joaquina y le parece imposible que esa menuda mujer, de voz aniñada y rostro rosado que siempre le ha parecido inofensiva, sea capaz de querer envenenarlos. Porque de seguro eso pretende cuando les dice que el acitrón en realidad es cartílago de cadáveres frescos con un toque de colorante vegetal. Anel es incapaz de controlar las arcadas y su vómito ensucia la mesa. Roco suelta una carcajada e intenta tranquilizar a Pía diciéndole que todo debe de ser una broma muy pesada de Joaquina. Pero ella no se inmuta. Sentada a la cabecera de la mesa, continúa con su relato. Les narra que en su pueblo natal se considera de gran valor cumplir con la palabra, y quien no lo hace se vuelve merecedor de terribles castigos.
—Yo, por ejemplo, le pedí a Doroteo permiso para venir a la ciudad, pero como es muy difícil que a una indita se le tome en cuenta, también le pedí que me quitara lo prieta. Mi hermano, además de un excelente panadero, es uno de los mejores brujos de allá. Él no estaba muy de acuerdo, hasta que le dije que estaba dispuesta a todo con tal de salir un tiempo del pueblo.
Mientras les habla, enciende un cigarrillo que despide un aroma dulce. Le da una calada y una nube le cubre el rostro. Cuando se difumina, la cara de Joaquina es la de una mujer de rasgos duros que los mira con unos ojos muy grandes y profundos. Su piel bronce es perfecta y contrasta con sus dientes blancos.
—Él accedió a cambio de que cada tres años consiguiera mínimo cuatro figuritas nuevas para la rosca de reyes. No sé si les conté que en mi pueblo es tradición comernos a los muñequitos.
Joaquina mira complacida cómo los cuerpos de sus amigos poco a poco se hacen pequeños. Sus gritos agudos son casi imperceptibles. Se acerca y los saca, uno a uno, de sus enormes atuendos. Los coloca sobre la mesa y ve a los dos hombres y a las dos mujeres mover muy rápido sus diminutos bracitos. Del centro de la mesa coge el cubo de cristal que contiene una vela con olor a canela, la retira y dentro coloca a los cuatro seres.
Tres golpes en la puerta le indican que Doroteo ha llegado. Al abrirla, le extiende el cubo con la cuota requerida de figuras para la rosca de reyes. Él la recibe con agrado y le devuelve su apariencia cándida. Ambos se quedan conformes. Han honrado las costumbres del pueblo: cumplir con la palabra y degustar figuritas humanas.