El matrimonio de Lorena y Jorge traspasó la tan temida línea a lo cotidiano.
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Cuento: En lo próspero y en lo adverso

Por: María del Mar Téllez Romero

El matrimonio de Lorena y Jorge traspasó la tan temida línea. Les sucedió lo que a las cosas:
sometidas a lo cotidiano, un día traspasan la frontera que delimita el mundo de lo rutinario
hasta que el borde se vuelve invisible. Sin embargo, Lorena se niega a sólo compartir la casa
con Jorge. Desea los días en los que él no podía apartarse de ella, añora la magia de los
primeros años, la chispa de amor con la que la miraba.

Si bien conoce el remedio, también sabe que el método es riesgoso. No todos los
maridos reaccionan de forma positiva ante las técnicas poco convencionales de sus mujeres.
Pero piensa que el procedimiento sólo es el medio para conseguir el fin: encender el filamento
que renueve su vida conyugal. Y aunque le parece cliché, el 14 de febrero es la fecha ideal
para llevar a cabo su plan.

Algo bueno que le ha dejado la vida de casada es poder anticiparse a las acciones de
Jorge. De seguro piensa llevarla a cenar al mismo restaurante con adornos empalagosos, y
regalarle una docena de rosas; obvio, de color rojo. Le recitará lo costoso del arreglo floral.
Esperará a que ella aspire un aroma inexistente y le agradezca el detalle juntando sus labios
con los suyos sin abrir la boca. Ante tales certezas, Lorena hará lo necesario para romper con
la tradición, que es como Jorge llama a la rutina.



Hace tiempo que decidió dejar de practicar los rituales que le han dado tantas
gratificaciones. Creyó que no era sano guardarle secretos a su amado esposo. Aunque supone
que Jorge en algún momento sospechó que había algo poco usual en su proceder, nunca se
atrevió a preguntarle. Ella cree que lo hizo para mantener la armonía. Y es precisamente lo
que desea conseguir: instaurar, de nuevo, el equilibrio en la vida de pareja.

Entra a la recámara. De la parte más alta del armario saca el viejo cofre y lo deposita
sobre la alfombra. Arrodillada, lo abre. El olor a caoba impregna la habitación. Con extremo
cuidado, pero sobre todo con cariño, saca las reliquias de sus antepasados. Se embelesa al
observar la mandíbula del bisabuelo. Acaricia el cráneo de su hermano. Agita muy despacio
el frasco con las falanges de su tío. Alinea el cráneo, la mandíbulas y las falanges delante de
ella. Admira mucho a esos hombres que tuvieron el coraje de morir a mano de sus amadas
con tal de preservar el amor eterno. Después, saca el atuendo que aún guarda el olor a
incienso. De pie frente al espejo, se desnuda. Observa su cuerpo demasiado pálido. Se
acaricia el interior de los muslos flácidos. Suelta su pelo cano y ralo que le cae lacio hasta
media espalda. Toma la túnica de terciopelo y la pasa por encima de la cabeza. Al bajar sobre
su cuerpo, el contacto del terciopelo hace que la piel marchita se le tense; se le yerguen los
pezones. Por último, saca el cirio de cera teñida con la sangre de sus antepasados. Lo enciende
y, en voz alta, hace la petición:

—Concédanme el poder para abrir el portal —cierra los ojos y hace una inhalación
muy profunda—. Necesito de su ayuda para que cuando él lo traspase vuelva a ser el hombre
enamorado que se casó conmigo.

Mientras habla, mueve el espejo hasta colocarlo justo delante de la puerta. Mira su
imagen que se distorsiona con ondulaciones acompasadas al ritmo de la flama del cirio. En
el preciso momento en que se eleva hasta tocar el techo, el interior del azogue se vuelve
acuoso, traslúcido. Lorena puede ver a través del espejo.



Escucha el tintinear de las llaves. Ve entrar a Jorge. Como lo supuso, lleva las flores
rojas. El andar desganado y los hombros caídos delatan el aburrimiento que padece. Le grita:

—¡Lorena!… ¡Lorena!

Al no recibir respuesta, siente la confianza que la soledad le brinda. Revisa la pantalla
de su celular y le ordena a su asistente virtual:
—Llamar al celular de Rocío.

Abre el altavoz. Al tercer timbrazo una voz de mujer demasiado aniñada contesta:
—Jorge, mi amor. No esperaba tu llamada. Pensé que estarías con la vieja.

Lorena aprieta los dientes al escuchar la forma en la que se refieren a ella: “la vieja”.
Se entera de que la rutina que ha envenenado su relación se llama Rocío. Confirma que valió
la pena correr el riesgo de volver a invocar a sus antepasados y que, si hubiera dejado pasar
más tiempo, tal vez Jorge no podría recuperar la manera encantadora con que la mira.

Atraviesa el umbral de la habitación y se acerca a Jorge. Atónito, ni siquiera puede
cortar la llamada. No entiende cómo es que su mujer atravesó la puerta de la recámara sin
que lo notara. Quedan tan cerca que pueden sentir el calor de sus respiraciones.

—Mi niño hermoso —con el dedo índice sigue el contorno de los labios gruesos de
él—. Le doy gracias a la vida por el regalo de tenerte a mi lado. No sé qué ves en mí, una
vieja de casi ochenta años. Con tus treinta y siete y tu lozanía, podrías tener a una joven de
tu edad.

El asombro que siente Jorge no le permite articular las palabras. Sin poner resistencia,
se deja guiar por Lorena, quien, de la mano, lo conduce hacia el lecho. Al cruzar el portal, la
vista de él se nubla. Una bruma densa le entra por la nariz y se le instala en el cerebro. Se
siente mareado. Cierra los ojos y, al abrirlos, observa a una Lorena bella, joven y radiante
que le acaricia el pelo crespo.

Lorena comprende que la magia ha resultado y que, como antes, la chispa en los ojos
de Jorge hace que la mire con amor.

Del otro lado de la línea, Rocío escucha los gemidos de dos esposos que festejan el
día de los enamorados.

Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.