Una tradición navideña, un ático en silencio y un deseo peligroso. La casa responde.
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Cuento: Tradición navideña

Por: María del Mar Téllez Romero

Con la sensación de hormigueo en la cara, Librado sube las escaleras rumbo al ático. Ha esperado durante todo el año por este momento: el día en que decora el árbol de navidad y el pacto se cumple. En una mano lleva la bandeja con agua. Con la otra empuja la puerta. El rechinido que produce lo hace estremecerse. Siente un calosfrío que le recorre la espina dorsal. Deposita la jarra sobre el piso de madera junto a la caja que contiene la tierra negra. Cierra los ojos para poder acostumbrarse a la oscuridad y camina en línea recta con los brazos extendidos hasta que sus dedos se topan con el anaquel. Al abrir los ojos, sus pupilas ambarinas se dilatan y se posan sobre los preciados adornos navideños: orejas dormidas dentro de frascos de cristal transparente. 

A él, su abuela le heredó la responsabilidad de preservar la tradición, hasta ahora, a sus cincuenta años, la ha cumplido. Librado sabe la importancia de despertar a las orejas de a poco. No debe de alterarlas. Primero vierte el agua en la caja hasta que el olor a tierra húmeda le llena los pulmones; después, coloca los frascos dentro y observa como ellas, las preciosas orejas, comienzan a despertar. 

De regreso en la pequeña estancia lo espera el pino que recién trajo. Tuvo que recorrer varios metros en el bosque antes de encontrar al indicado: un árbol con ramas fuertes y follaje verde.  



Antes de comenzar con el decorado tiene que cerciorarse de que la casa está dispuesta. Recuerda el año anterior. La casa se perturbó tanto que dejó escapar antes de tiempo a los secretos ácidos, a los más recalcitrantes, aquellos que pueden delatar a sus padres. Esos malos humores se azotaron contra las paredes y ventanas hasta que quebraron los cristales. Librado no quiere otro desastre. Con un tono de voz neutro le habla:

—Te pido paciencia. 

La casa se queda inmóvil, en silencio. Él reconoce la autorización que le permite comenzar. Se acerca a la caja. Ellas ya están despiertas. Las ve retorcerse. Sabe que él debe de ofrecerles el primer alimento como ofrenda para que ellas cumplan con su parte del trato. Abre el frasco más grande y mete la mano en el orificio de la oreja que está encima de todas, siente la succión en el dedo anular. La presión aumenta hasta que se le entumece. Después, el desgarro lo hace gritar. Saca de un tirón la mano. El dedo, ya sin uña, gotea sangre que él deposita dentro del orificio de cada una de las orejas. Las saca con cuidado y ahueca la palma de la mano para acunarlas hasta colocarlas sobre las ramas del pino navideño. Termina en el preciso momento en que suenan las campanadas de la media noche. 

Librado, igual que el resto de los vecinos, comienza con la solicitud de sus deseos navideños. En voz alta recita: 



—Que los doce peores secretos de los asesinatos cometidos en esta casa salgan.

En cuanto termina la frase se abren en las paredes pequeñas fisuras que dejan escapar los gritos de los torturados, aquellos que murieron devorados por los ancestros de Librado. Los alaridos excitan a las orejas en el árbol de navidad que, con movimientos espasmódicos, los atraen y los hacen desaparecer. 

Librado suspira, el pacto, una vez más, se ha cumplido: los secretos y la tradición de la navidad están resguardados. 

Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.