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Cuento: Día del niño

Por: María del Mar Téllez Romero

Pilar cuida hijos ajenos desde hace cinco años que llegó a Veracruz. Al principio, a causa del clima tropical se sofocaba y le costaba trabajo poder seguirles el ritmo. Los niños, acostumbrados a la humedad en el ambiente, nunca se muestran afectados por el sudor, ni por sus cuerpecitos pegajosos. No le parecen tan distintos a los niños de Metepec, su pueblo que tanto extraña. Aunque los de allá no sudan por el calor, sino por el montón de ropa que llevan para protegerse del frío.

Si no hubiera pasado aquel incidente por el cual tuvo que huir, Pilar podría seguir en su casa cuidando de sus hijos. Nunca deja de pensar en ellos. La fecha que viene la llena de añoranza por verlos y desea regresar. ¿Qué habrá sido de sus chiquillos? ¿Seguirán viviendo en la misma casa? No cree que la recuerden. Eran muy pequeños cuando tuvo que dejarlos.

Sin embargo, regresar queda descartado. De inmediato quienes la odian la apresarían y hasta serían capaces de torturarla. Ah, pero ¡cómo extraña a sus hijos! La familia perfecta que se fabricó. Ella sola los moldeó, horneó y les dio el aliento de vida. Claro, necesitaba los insumos necesarios. Conseguir el barro era sencillo. El horno lo había construido su bisabuelo desde mucho tiempo atrás, cuando hacía niños por encargo. De él, heredó el don de poder darles vida a sus esculturas. Lo difícil era conseguir los ojos para sus creaciones. Los obtenía de niños muertos recién enterrados.



Para Pilar no fue sencillo moldear a Lucas, el mayor. Antes de conseguirlo, había desechado a muchos niños, algunos por deformes, otros porque se carbonizaron en el horno. Con Rosa fue distinto. La prietita le quedó chula al primer intento. Le encantaba cuando la miraba con esos ojazos verdes que le consiguió.

Su vida familiar hubiera seguido en calma de no haber sido por su impaciencia.

Quería tener listo a Benjamín, su tercer hijo, para el día del niño y faltaban pocos días. Si no hubiera ido al panteón aquel día al amanecer, el sepulturero no la habría visto sacarle los ojos al hijo del síndico. Se horrorizaron de su acción, pero no de que el pequeño de tres meses hubiera muerto a causa de la golpiza que le propinó su padre.

La gente, además de darle la espalda, comenzó a perseguirla, a cazarla como a un animal rabioso. ¿Con qué autoridad se creyeron para tratarla como lo hicieron, para juzgarla? Lo único que hizo fue utilizar lo que los demás desecharon a la tierra. En lugar de que ese niño acabara agusanado y la piel se le desprendiera, Pilar lo recicló. Ignorante, le habían gritado. La acusaron de blasfema, profanadora de tumbas, perturbadora del descanso eterno. La obligaron a confesar lo que no cometió. Ella no había sido la que desenterró a la viejita aquella para robarle las joyas, pero si no asumía la culpa, ¿cómo justificaba haber abierto la tumba del niño? De ninguna manera podían enterarse de la procedencia de sus otros dos hijos.



Por culpa de sus captores no pudo llegar a tiempo a sacar a Benjamín del horno. Su cuerpo moldeado de barro se chamuscó. Sintió odio. Todo su ser clamaba venganza. Por eso, aquel día que el juez autorizó que la llevaran a visitar a sus hijos, mató a los dos policías y calcinó sus cuerpos en el horno. Después huyó. No deseaba terminar encerrada en una prisión.

Pilar siente que ya ha pasado mucho tiempo sola y se acerca la celebración del día del niño. Reflexiona sobre el material adecuado para moldear a un niño perfecto que no se derrita con el sol de Veracruz. Gracias a los paseos que da con los hijos ajenos, ya sabe en dónde está el camposanto, a qué hora el vigilante se emborracha, cuáles cuerpos aún están frescos. Su casa está lo suficientemente alejada de las demás y nadie la oirá invocar a los dioses del inframundo para que le den el poder de darle vida a su niño de tierra. Sonríe, todo indica que podrá festejar el día con un hijo propio.

Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.