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El baile
Joel se mira en el espejo. Con el nudillo se talla el borde del ojo. Parpadea una, dos veces. La vista sigue borrosa. Palmo a palmo con su reflejo, logra anudar la corbata. Retrocede hasta conseguir ver su silueta. Aquel accidente le dejó la vista nebulosa y un borde sobre la córnea. Se arregla el pelo hacia atrás. Los mechones ralos le caen sobre la frente. Esboza una sonrisa. ¿Aún le gustará a ella su cabello? Le quita al perchero el blazer. Lo sacude de los hombros. Él y su abrigo han esperado mucho tiempo. También siente polvosos los recuerdos. Intenta mantenerse erguido. Su espalda se resiste. Un par de vertebras se ajustan: crack, crack. Suspira, ojalá pueda bailar sin encorvarse. Otro suspiro, no está de más practicar un poco. Sus dedos, algo torpes, sacan el acetato. Con cuidado lo pone en el tocadiscos y deja caer la aguja. Tchaikovsky lo deleita. Un, dos, separa, flexiona, ouch. La cadera se niega a regresar a su sitio, las rodillas le crujen. El vals de las flores sigue su curso. Joel no está dispuesto a darse por vencido. Antes de que su corazón reniegue, se sienta en el sillón. Sus manos temblorosas encuentran el pañuelo en el bolsillo. Se limpia el sudor que le escurrió hasta las sienes. Su mente viaja. En el salón tan iluminado, la ve. Ella, en el centro de la pista, baila con un ritmo perfecto. Él la mira desde lejos, quiere acercarse. Su respiración se sincroniza con la música. Entra el corno, la flauta, los violines van en aumento, alto, más alto. Él y ella, en medio de la pista, giran una y otra vez. La música llega a su clímax. Joel, complacido, cierra los ojos. Sus brazos caen a los lados. El baile terminó. En su pequeña habitación sólo se escucha el siseo del tocadiscos.
Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.