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Cuento: Los zapatos | Coolture decorative

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Los zapatos

Por: María del Mar Téllez Romero

“Es que semos pobres”. 

Carlos, desde muy chamaco, traía metida esa frase en la cabeza. Era lo único que recordaba de sus padres; de sus caras se había olvidado apenas se fueron al otro lado. 

Su güelita se encargó de criarlo. Aunque ella le decía que su amor llegaba hasta el cielo, con cariño no se pagaban ni la renta ni la comida. Y Carlos, rapidito, comprendió que ellos, por ser así: pobres, tenían que trabajar mucho y conformarse con muy poco. 



El chamaco dejó la escuela en quinto de primaria. Pensó que ya sabía lo principal: leer, escribir, sumar, restar y casi todas las tablas de multiplicar. Creía que eso le era suficiente para ayudar a su viejita chula. A su güelita le salían rebién las quesadillas, los sopes y los pambazos, pero sufría harto con las cuentas, pero desde que Carlos se hizo cargo de la cobranza y de las compras, el dinero les rindió más. 

Cuando cumplió doce años se cambiaron de vivienda. Le rentaron a don Lencho el cuarto del fondo de la vecindad, el del piso de concreto. Si todo les salía bien, para la Navidad podrían comprar el par de colchonetas; ya no tendrían que dormir acurrucados en el suelo. A lo mejor, con eso la güelita dejaba de toser. A la pobre le venían unos ataques de tos que la hacían sacar unos escupitajos bien llenos de sangre. 

Nada más les quedaba pendiente ese pequeño lujito: el par de zapatos que ella miraba en el aparador de la Canadá. Le recordaban a los que usaban las muchachas ricas en los bailes a los que tanto le gustaba ir, aunque fuera nomás a mirar. Cada vez que pasaban frente a la zapatería, le pedía a Carlos que se fijara si todavía estaban los zapatos negros, los de piel de borrego y suela de cuero. 

En una ocasión, Carlos le preguntó que, si los tuviera, ¿cuándo podría usarlos? La anciana, muy convencida, le respondió: “en una ocasión especial, onde todos puedan mirarlos”. 



Llegó la Navidad, y aunque ya no dormían en la tierra húmeda, su viejita no se recuperó de la tos; no llegó al año nuevo. El doctor le dijo a Carlos que había muerto de neumonía. 

En la vecindad, todos los inquilinos nos organizamos para apoyar a Carlos con los gastos del funeral. Él se encargó de comprarle a su güelita los zapatos negros, y estuvo pendiente de que el ataúd permaneciera abierto para que todos los asistentes pudieran verlos.

De camino al panteón, en un descuido de Carlos, le quité los zapatos a la difuntita. Me costó trabajo decidirme, no se fuera a creer que me los robaba. Lo que pensé fue que era un pecado dejar que se pudrieran unos zapatos tan elegantes, eso le hubiera ocasionado un disgusto muy grande a la güelita, ya nadie podría mirarlos.

Este cuento fue escrito por María del Mar Téllez Romero y se publica aquí con su autorización.